Módulo 3.2. Fisiopatología relacionada con el consumo de los hidratos de carbono.

5.1.2. La falta de H de C glicémicos inducida por dietas desequilibradas

 

Ciertas dietas y métodos de adelgazamiento basan su supuesto éxito en recorrer parte de la anterior escala de acontecimientos. Básicamente estas dietas proponen una drástica reducción de  H de C glicémicos y un consumo no restringido de proteínas y grasas, que pasan a convertirse en las principales fuentes de energía. Aunque el consumo libre de grasas y proteínas parece indicar lo contrario, estas dietas suelen inducir a un balance calórico moderadamente negativo.  De este modo, mientras el organismo dispone de energía suficiente para mantener a los tejidos no glucosa-dependientes, sufre, igual que en el ayuno, un déficit real de glucosa alimentaria, lo que propicia a medio plazo el rápido agotamiento del glucógeno y la creciente degradación gluconeogénica de tejido adiposo y proteínas musculares que deriva progresivamente a un cuadro cetósico (de ahí el nombre de dietas cetogénicas). Por otro lado, tales procesos  traen consigo una notable pérdida de agua como consecuencia del aumento de las necesidades de excreción urinaria del nitrógeno procedente del acelerado catabolismo proteico. La pérdida de agua, proteínas y grasas conduce a una considerable y acelerada bajada de peso que es, precisamente, el objetivo perseguido por este tipo de dietas.

  • Algo a tener en cuenta. la dieta de Atkins

 El auge de las dietas cetogénicas comenzó a gestarse  durante los años setenta, época en la que se pusieron de moda métodos drásticos de adelgazamiento como la conocida dieta del Dr. Atkins, basada en el consumo de grasas y proteínas en detrimento de los H de C glicémicos. Hoy en día este método vuelve a cobrar popularidad, sobre todo en EEUU donde el libro “La Nueva Dieta de Atkins” se ha convertido en uno de los más vendidos.Tabla 3.7. Ejemplo dieta cetogénica

Fundamentos similares a los de este método subyacen tras numerosas propuestas que priman el objetivo de perder mucho peso durante los primeros días de la dieta, gracias a lo cual captan la atención y el interés de la clientela obesa. Se trata de dietas más o menos cetogénicas, que eliminan de entrada alimentos ricos en H de C glicémicos como la patata, el pan, el arroz,  la pasta o los dulces, produciendo una espectacular disminución del peso inicial inducida por la pérdida de agua y  de proteínas. En algunos casos los planes iniciales se van compensando en fases sucesivas con la introducción gradual de los alimentos prohibidos, derivando finalmente en un plan alimentario “de mantenimiento” más o menos equilibrado y ajustado en calorías.

Tras el seguimiento de estas dietas el resultado suele ser, en el mejor de los casos, la recuperación paulatina de los  materiales “arrebatados”  y con ellos de los kilos perdidos. A esas alturas, la persona habría de seguir una dieta supuestamente definitiva, a la que se suele denominar engañosamente “plan de mantenimiento”. Éste suele corresponder a una rígida e impersonal orientación dietética, más o menos baja en calorías, cuyo cumplimiento suele abandonarse con el paso del tiempo, lo que da lugar a la recuperación ponderal, incluso hasta límites superiores al peso de partida.

  • Algo a tener en cuenta. Posibles riesgos de las dietas cetogénicas.

A falta de estudios a largo plazo que arrojen datos concluyentes, muchos especialistas no descartan posibles efectos adversos derivados del seguimiento prolongado o reiterado de dietas cetogénicas como alteraciones hepáticas, cambios en la cobertura grasa visceral,  hiperuricemia  y alteraciones en el metabolismo glucolipídico. 

  • Algo a tener en cuenta. La necesidad de un aporte adecuado de H de C glicémicos en las dietas hipocalóricas.                              

Existe un amplio consenso acerca de que en las dietas hipocalóricas los H de C deben mantenerse como los nutrientes más abundantes,  aportando al menos un 50% de la energía total.

5.1.3. La tendencia general a un bajo consumo de H de C glicémicos

Durante el último tercio del siglo XX el consumo de H de C ha decrecido, lo contrario que el consumo de proteínas y grasas. En 1964 en Europa el aporte medio diario de H de C  representaba el 58,7% de la energía, mientras que en 1994 se situaba en el 49,8%. Una de las explicaciones de esta tendencia es el aumento de la prosperidad económica de la población, lo que ha propiciado el acceso generalizado a alimentos más caros como las carnes, la leche y los pescados (ricos en grasas y proteínas) en detrimento de productos baratos, que constituían hasta hace unas décadas importantes fuentes de H de C, como los cereales y las legumbres. Esta hipótesis se confirma si se tiene en cuenta que en 1994 la ingesta media de H de C en los países en vías de desarrollo abarcó el 68,1% del aporte energético.

Según la anteriores cifras, los occidentales apenas consumimos H de C en la cantidad recomendada (50-60% de la energía total), obteniendo más del 50% de la energía de nuestra dieta a partir de las grasas y de las proteínas. Esto conlleva una ingesta proporcionalmente más elevada de colesterol, grasas saturadas y otras sustancias relacionadas con la obesidad y con enfermedades degenerativas como el cáncer o las patologías  cardiovasculares. Por tales motivos, la recomendación general más extendida en nuestro entorno va dirigida a aumentar el consumo de H de C (tanto glicémicos como no glicémicos) en detrimento de las grasas y de las proteínas.

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