Módulo 3.2. Fisiopatología relacionada con el consumo de los hidratos de carbono.

 * El seguimiento de una dieta equilibrada

 

En realidad, la alimentación de una persona diabética no ha de variar demasiado respecto a lo que puede considerarse un plan alimentario equilibrado para una persona sana. A continuación se citan los principales aspectos a considerar en la alimentación del diabético:

Energía y equilibrio de  principios inmediatos. La energía total de la dieta debe ajustarse a las necesidades de la persona. Solo en el caso de que exista sobrepeso o obesidad es aconsejable seguir dietas hipocalóricas, siempre y cuando sean compatibles con el control de la glicemia. La distribución energética de los principios inmediatos no ha de variar respecto a las recomendaciones generales, es decir, un 55-60% de la energía debe proceder de los H de C,  un 12-15 % de las proteínas y un 25-30 % de las grasas.

El adecuado reparto de los H de C glicémicos a lo largo del día. En principio, el control de la glicemia se ve favorecido por una llegada escalonada de la glucosa alimentaria. Para conseguirlo se recomienda no concentrar la ingesta de H de C en  2 ó 3 comidas diarias, sino repartirla  en 5 ó 6 (desayuno, aperitivo de media mañana, comida, merienda, cena y recena). De todas maneras, tanto el número de comidas, como su contenido pueden variar en función de los horarios a los que esté sujeta la persona, y también en función de la forma en que distribuya su actividad física y, lógicamente, de su pauta de insulina. No obstante, siempre será deseable mantener una cierta “monotonía de horarios”, es decir, acostumbrarse a realizar las diversas comidas del día a horas parecidas, procurando no cambiar los horarios bruscamente como ocurre, por ejemplo, cuando se desayuna muy temprano los días laborables y muy tarde los fines de semana.

El consumo de H de C lentos. La mayor parte de los H de C glicémicos de la dieta han de ser de tipo complejo, o sea, de digestión prolongada y asimilación gradual. Así se evitarán incrementos acusados de la glicemia, lo que facilitará la acción de la insulina que será requerida en menores cantidades. En este sentido, los alimentos con un menor índice glicémico, tales como las legumbres, las pastas al dente y los cereales integrales, deben predominar sobre los alimentos con un índice más elevado como los dulces, las patatas, las harinas refinadas y la bollería.

El consumo de azúcares y dulces. Hasta hace pocos años los dulces estaban totalmente vetados para los diabéticos debido a su elevado índice glicémico. No obstante, en la actualidad se acepta un consumo moderado (en torno a 50 g diarios de sacarosa) para diabéticos que muestren un buen control metabólico. No obstante, los dulces han de consumirse de forma fraccionada en combinación con otros alimentos y sin que desplacen a los alimentos ricos en fibras.

El consumo de fibra dietética. El índice glicémico de los alimentos disminuye con la presencia de fibra, especialmente cuando se trata de gomas,  pectinas y betaglucanos. De este modo, se recomienda que los diabéticos sigan una alimentación equilibrada con una presencia adecuada de legumbres, verduras, frutas, cereales integrales y otros alimentos ricos en fibra.

El consumo de grasas y colesterol. Aunque su presencia disminuye el índice glicémico de los alimentos, las grasas no juegan un papel importante en el control inmediato de la diabetes. Sin embargo su consumo inadecuado puede comprometer a medio y largo plazo la salud del diabético al ser causa potencial de obesidad y dislipemias.

En general, la proporción de grasa recomendada en la dieta del diabético puede considerarse normal, es decir, ha de constituir entre el 25 y el 30% de las calorías totales. No obstante, se aconseja que  casi tres cuartas partes del total sean grasas vegetales (aceite de oliva, de semillas, frutos secos…) y una cuarta parte de origen animal (carnes, pescados, lácteos y mantecas, embutidos, etc.). Asimismo se recomienda un consumo adecuado de lípidos poliinsaturados del tipo omega 3 (abundantes en los pescados azules) y omega 6 (aceite de oliva). Por contra debe moderarse la ingesta de alimentos ricos en colesterol como los huevos, los calamares, la sepia y los embutidos grasos, entre otros.

El consumo de vitaminas antioxidantes. Paralelamente al adecuado consumo de grasas insaturadas es importante que el diabético cubra sus necesidades de vitaminas antioxidantes (A, E y C) ya que éstas constituyen un factor de protección frente a las enfermedades cardiovasculares que se ven afectadas, entre otros factores,  por la oxidación de los lípidos orgánicos.

El consumo moderado de calorías. El peor control glicémico y las mayores demandas de insulina asociadas a la obesidad justifican el seguimiento de dietas hipocalóricas por parte de los diabéticos con sobrepeso. De hecho, la normalización del peso constituye un objetivo fundamental junto al control glicémico. No obstante, la reducción calórica de la dieta debe ser moderada y nunca ha de ir en perjuicio del equilibrio nutricional, sobre todo en lo que se refiere al tipo y a la distribución de los H de C.

* El ejercicio físico

Como se ha comentado en varias ocasiones, el ejercicio físico puede y debe utilizarse como una herramienta para el control de la glicemia. Sin embargo, tanto los esfuerzos desorganizados, como el sedentarismo suponen serios obstáculos para el control de la diabetes tipo 1.

Emprender un ejercicio intenso sin planificar previamente la dosis de insulina ni la alimentación (por ejemplo irse de excursión en bicicleta con el estómago vacío y sin haberse rebajado las dosis de insulina) puede ocasionar situaciones de hipoglicemia graves. Asimismo, en casos de no existir una buena preparación, han de evitarse ejercicios intensos para los que sea preciso aplicar mucha energía en poco tiempo (como por ejemplo una sesión de pesas) ya que el brusco incremento de las demandas de glucosa superará, probablemente, la capacidad de la insulina administrada.  Por otro lado, la falta de ejercicio y la vida sedentaria disminuirán considerablemente el gasto medio de energía y, por lo tanto, el de glucosa, lo que irá parejo a un peor rendimiento de la insulina. Ambos factores harán que, a la larga, aumenten tanto los valores de glicemia como las  necesidades de insulina. El ejercicio del diabético debe ser sistemático, de intensidad moderada y lo suficientemente prolongado como para suponer un gasto apreciable de glucosa.

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