Módulo 4.2. Fisiopatología relacionada con el consumo de los lípidos.

9.5.1. La dieta mediterránea

 

Epidemiológicamente es patente la menor incidencia de enfermedades vasculares en las poblaciones mediterráneas (España, Grecia, Italia y Francia)  respecto a las del norte de Europa y Estados Unidos, hecho que se ha relacionado, entre otros factores, con unos hábitos alimentarios característicos.  En efecto, por circunstancias agroalimentarias y culturales los mediterráneos incluimos en nuestra dieta habitual el aceite de oliva virgen, las uvas, los pescados azules, las legumbres, las hortalizas, las frutas cítricas y los frutos  secos,  alimentos que, como se ha indicado, aportan nutrientes con propiedades preventivas frente a la ateroesclerosis y, por lo tanto, “cardiosaludables”.

 Tabla 4.6. Menú alimentación cardiosaludable

  • 2 reflexiones sobre la dieta mediterránea:

* La dieta mediterránea y la globalización

Aunque se han hecho considerables esfuerzos por definir un modelo de dieta mediterránea, no se ha conseguido establecer un patrón de referencia dadas las marcadas diferencias regionales. Por tanto, es aventurado invocar a algo tan abstracto como remedio ideal para las enfermedades vasculares e intentar, de paso, extenderlo como modelo a seguir en todas las regiones del planeta.  En realidad deberíamos valorar y conservar nuestras tradiciones alimentarias en el contexto socio-cultural en el que nos toca vivir y a la luz de los conocimientos científicos,  pero sin olvidar que son fruto de la experiencia vital y del sentido común transmitido de generación en generación, del mismo modo que otras culturas no mediterráneas  desarrollan sus propias tradiciones alimentarias.

No obstante, la globalización tiende a homogeneizar la oferta alimentaria, así por ejemplo, los estadounidenses podrán consumir pimientos murcianos y aceite de oliva andaluz, mientras que los españoles aceptaremos en nuestra dieta derivados de soja americanos.  Este inevitable mestizaje alimentario debería contribuir a enriquecer la alimentación de todas las regiones pero nunca a anular sus rasgos básicos y mucho menos, como es nuestro caso, si se corresponden con hábitos alimentarios cardiosaludables.

* La dieta mediterránea y las abuelas

 La influencia que la dieta tiene sobre la salud ha sido y es objeto de un permanente estudio del cual apenas se han derivado unas pocas conclusiones absolutas. No obstante, se han realizado esfuerzos dirigidos a establecer relaciones concretas entre dietas, o incluso alimentos aislados, y  determinados estados de salud y de enfermedad. Por esta vía algunos han sucumbido a la tentación de transmitir ideas categóricas como la de que las grasas saturadas son perniciosas para el corazón o la de que las naranjas van bien para el resfriado.

Con el tiempo, la Medicina Preventiva han ido cayendo en la cuenta de lo resbaladizo y poco científico  que es considerar a los alimentos de forma aislada, como si se tratase de principios activos frente a la enfermedad, ensalzando las virtudes de alimentos teóricamente sanos y mandando a la hoguera a otros considerados perniciosos. De este modo, los anteriores mensajes, muchas veces prostituidos por intereses comerciales, han ido dejando paso a otros relacionados con el equilibrio alimentario. Ya no se habla de alimentos aislados sino de la suma de infinidad de ellos integrados en un estilo de vida que pudiéramos considerar “sano”. Así pues, pudiera decirse que se ha pasado de la concreción a la generalización.

Paradójicamente, siguiendo esta línea en apariencia tan difusa,  la  ortodoxia médico-científica ha señalado al concepto de “dieta mediterránea” como la solución paradigmática a todos los males del Hombre. Pero, para muchos la pregunta sigue en el aire: ¿qué es eso de la dieta mediterránea. Si no se define como una cantidad de calorías ni de nutrientes determinados, ni se ajusta a una metódica lista de alimentos permitidos ni prohibidos, entonces, ¿de qué de trata?.  Nos han lanzado una serie de mensajes relacionados con la bondad de consumir legumbres regularmente,  con las virtudes (otrora maldades) del  aceite de oliva y del pescado azul, con  los “efectos macrobióticos” de la siesta,  con las estupendas naranjas de Valencia,  con las nueces y las avellanas de Tarragona, etc, etc. Entonces alguien podría interrumpir la interminable letanía opinando:  ¿Para este viaje tantas alforjas?, ¡al fin y al cabo todo eso ya me lo decía mi abuela.

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