Módulo 5.2. Fisiopatología relacionada con el consumo de las proteínas.

12.6.1. Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico de la celiaquía se realiza a varios niveles, por un lado el médico valora los síntomas,  especialmente si son evidentes (diarrea, vómitos, dolor abdominal) y  coinciden con la ingesta de gluten. Por otro lado, el estudio serológico orienta el diagnóstico si demuestra la existencia de anticuerpos antigliadina y antitransglutaminasas, delatores de una respuesta inmune al gluten. Finalmente, el análisis directo de la mucosa  mediante biopsia  permite discernir el grado y el tipo de atrofia, así como la presencia de mediadores inmunológicos locales muy característicos de la intolerancia al gluten.

A principios de los años noventa la celiaquía se consideraba una enfermedad poco frecuente ya que afectaba a una de cada mil personas, algo que se ha revelado como una subestimación de su incidencia real. Hoy en día, gracias a la eficacia de los métodos  diagnósticos, su incidencia se ha incrementado notablemente, llegándose en 1 de cada 300 individuos, si se tienen en cuenta los casos no diagnosticados.

La celiaquía puede afectar a personas de cualquier edad a partir del momento en el que se introduce el gluten en la dieta (en torno al séptimo u octavo mes de vida), aunque se han diferenciado dos etapas con mayor incidencia: una antes de los 5 años y otra entre los 40 y los 50 años. Según el sexo y la raza, la prevalencia más elevada se da en las mujeres caucásicas.

El único tratamiento efectivo de la celiaquía es la total y definitiva supresión del gluten. Esta medida permitirá la progresiva desaparición de los síntomas y la recuperación de la mucosa, algo que irá en función del grado de atrofia sufrido hasta el diagnóstico y de la capacidad de regeneración intestinal. La recuperación mejorará si el diagnóstico es precoz, algo que puede verse dificultado ya que la celiaquía suele producir un cuadro clínico difuso en forma de anemia, molestias digestivas ocasionales y pérdida progresiva de peso que el paciente puede no asociar, de entrada, con la ingesta del gluten.

  • Algo a tener en cuenta. Razones para la introducción progresiva del gluten y el resto de proteínas durante la lactancia:

El intestino del recién nacido es inmaduro y, aunque está plenamente adaptado a la lactancia materna o artificial, no lo está a una alimentación que incluya proteínas alimentarias completas sean animales o vegetales.  De hecho, el recién nacido aún no dispone de una mucosa ni de una flora bacteriana plenamente constituidas, por lo que carece de una barrera intestinal definitiva. De hecho, el intestino inmaduro muestra una cierta permeabilidad a sustancias complejas como la inmunoglobulina A secretora, presente en la leche materna, que contribuye a reforzar dicha barrera. 

De esto se deduce que el prematuro  contacto de un intestino inmaduro y permeable con proteínas alimentarias completas (aún extrañas y mal digeridas) puede propiciar su paso a través de la mucosa, dándose como consecuencia reacciones inmunes de rechazo y sensibilización alérgica acompañadas, incluso, de daños en la mucosa. En este sentido,  el gluten,  como proteína compleja, debe esperar a formar parte de la alimentación complementaria del bebé, igual que el resto de proteínas alimentarias.

La introducción de las proteínas en la dieta del bebé ha de ser gradual, iniciándose habitualmente a lo largo del sexto mes con la incorporación de pequeñas cantidades contenidas en frutas y vegetales, que van aumentando con la inclusión de cereales sin gluten, patata y, finalmente, con la aparición de carnes magras de ave y de ternera. 

En torno al octavo mes,  verificada una buena la tolerancia alimentaria, se introducen los cereales con gluten. El desfase entre las proteínas vegetales y  cárnicas respecto al gluten estaría justificado por la prevención de efectos tóxicos que pudiesen derivarse de una hidrólisis incompleta del gluten debida a la incipiente actividad proteásica intestinal  (recordemos que la toxicidad de gliadina sobre la mucosa es una de las probables causas del daño intestinal en los celiacos) y también por el hecho de que si, eventualmente, el lactante es celiaco,  el contacto de su intestino inmaduro con el gluten podría producir un grado de atrofia severo e irreversible. 

Tras la introducción del gluten, se incorporarán el resto de proteínas: entre los diez y los once meses las del pescado,  poco antes del año las de yema de huevo y tras el año las de la clara. Pasados los doce meses se incluyen las leguminosas, la leche de vaca y sus derivados. El mayor retraso en la inclusión de estos alimentos se debe a que sus proteínas están frecuentemente implicadas en reacciones alérgicas, siendo por ello conveniente esperar a una completa maduración intestinal.

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